Apuntes acerca de la
poesía argentina actual


 
Alejandra Pizarnik

                                “La poesía argentina es un lugar
                           de infinitos lados y muchas puertas,
                          con pasajes y calles que se cruzan…”



     Lejanos están los tiempos, para la poesía argentina, en que se escribían versos como “tú vienes con nosotros, pequeña maravilla” y “es infinita esta riqueza abandonada”, así como lo hicieron hace más de medio siglo Raúl Gustavo Aguirre y Edgar Bayley, respectivamente, y cuando otro era el país.
     La violencia política, las desapariciones, y los interminables años de dictadura, produjeron una trizadura cuya profundidad todavía hoy, pasadas más de tres décadas, se está descubriendo en sus términos. Un país lastimado y socialmente deshilachado fue teniendo lugar en sus realidades y en sus miradas.
Susana Theron      Cabe la pregunta o la reiteración de una vieja pregunta: ¿poesía en estos tiempos?; o ¿poesía en la dictadura y después de la dictadura? Efectivamente, podemos decir. Aunque ya con otra mano, y otros aires, que fueron empañando las miradas o volviéndolas distintas.
     Fue el poeta Perlongher quien adelantó en su poemario “Alambres” (1987) los versos: “Bajo las matas/ En los pajonales/ Sobre los puentes/ En los canales/ Hay Cadáveres…”, como anunciando un tiempo, sin vuelta atrás, también para la poesía argentina que aún estaba por vivirse.
     Desde Alejandra Pizarnik –esa genial poeta que tanto hablaba de la muerte– hacia aquí, y desde Susana Thénon –“qué ser/ dónde morir”–, se abrió un panorama, que en realidad es una sucesión de panoramas y de miradas, más cercanas o más lejanas, pero que pocas veces se encuentran en una misma calle.
     Además, en el áspero horizonte social del “todo vale”, que fue impregnando la obra de no pocos autores nacionales, la incidencia de la poética impetuosa de Leónidas Lamborghini cuenta y suma, más teniendo en consideración que algunos poetas la destacan como de lectura obligada.
     Por otra parte, si los hilos conductores de la poesía argentina estaban dados por la exaltación, o por la ensoñación, como en “Los poemas de Sidney West”, de Gelman, o, un ejemplo, por los diálogos de Aguirre, o por las historias y personajes que reclaman, como en los poemas de Tuñón, hoy por hoy los rumbos, salvando excepciones, poco están teniendo que ver con el encanto y con la magia.
     El desconcierto asumido ha ganado páginas en el corazón (o en la mente) de la poesía argentina, que en no pocas oportunidades tiene la temperatura y el color del ambiente, o aun por encima, en las cuñas entrevistas en el envés de los versos. Además de otros ejemplos, o balbuceos, que también vienen al caso.
     Sin dudas, y en líneas generales, es menos seductora esta poesía, menos confiada, menos pendiente del futuro (que acaso no alcanza a imaginar). Y sueña menos, o sueña poco, como la gente de estos días, o como los jóvenes de estos años. Y así, con el terreno demarcado por las claves de estos tiempos, va surgiendo esta poesía.
     No obstante, en los ejemplos de algunas provincias, también en Buenos Aires, ha venido teniendo sitio una poesía, que sin desconocer los aires y tonos de rigor, se ha mantenido en cercanía vivencial con la calidez y con los lares, o con su propia razón, acaso afirmando, como dijera el poeta, “hay otro mundo y está en éste”.
     De cualquier manera, la distancias son notables en el mosaico vasto de la poesía nacional: desde Jorge Aulicino a Arturo Carrera; desde Jorge Isaías a Tamara Kamenszain; o desde Leonardo Martínez a Leonor García Hernando, ambos, respectivamente, de Catamarca y de Tucumán, entre otros ejemplos.
     Ambitos diversos y numerosos (que incluyen talleres, aulas, grupos), que en sus relecturas proyectaron las obras de Juan L. Ortiz, de Oliverio Girondo y de Olga Orozco, además de los creadores nombrados en los primeros siete párrafos, como hitos básicos de la poesía del país.
     Pero en el horizonte cercano, agreguemos, casi siempre hay una calle cortada; eso se ve y se lee. Y la fe está medida, o tomando impulso, o al día. Pizarnik y Thénon supieron, en su momento, ver el aire, leer sus hebras, y escribirlo.
                                                                    María Pons/ Eduardo Dalter


 

                        

María Pons es coordinadora de este sitio.

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